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inspiración de las líneas de esta colección


Viandante

viandante

Un viaje jamás se termina con el mismo estado de ánimo con el que se comienza. El viaje siempre te descubre más de ti de lo que tú descubres con él. Por eso, a algunas personas, viajar nos lo pide el cuerpo. Eso me impide tener gato, perro, plantas e incluso familia política, pero lo llevo bien.

Necesito cambiar de ambiente a menudo, sin cambios mi cerebro se recalienta. Cuando me agobio por algo salgo a la calle y echo a andar. Suena desquiciante, ya lo sé, pero al menos tengo una fórmula para despistar a la locura. En el trabajo hago lo que sea para que me envíen a algún sitio a hacer cualquier cosa. Pueden ser viajes cortos, como ir a una feria o a un seminario, o largos, como ir a comprar tejidos a la Zona Libre de Colón, en Panamá… con 330 hectáreas que tiene uno puede caminar todo lo que quiera y un poco más. A la vuelta tuve que visitar al podólogo y todo. Es un lugar apasionante para alguien que diseña calzado, la consulta del podólogo. Puedes escuchar cosas como:

“Tengo los pies destrozados porque dice el médico que no escojo bien el calzado. No es fácil ¿sabe? La última vez, por ejemplo, le dije al vendedor que quería unos zapatos para caminar, y me preguntó que por dónde. ¡Pues por la vida! ¿por dónde va a ser?”.

En plena consulta me di cuenta de que, además de pájaros de colores y mariposas iridiscentes, de Panamá me había traído la cabeza llena de ideas para una línea especial. Hecha para caminantes, para “viandantes”, como diría Roberto. Iba a diseñar unos zapatos capaces de hacer el camino más fácil. Unos zapatos para los caminos de la vida y para salir corriendo cuando hiciera falta. Sus zapatos.

De la Zona Libre de Colón me fui a Isla Coiba, agotando así los últimos 3 días de vacaciones que me quedaban por disfrutar en el año. Isla Coiba es la isla más grande y mejor conservada del Pacífico mesoamericano. Uno de lo lugares más espectaculares y desconocidos del mundo… hay tortugas, delfines, ballenas y playas desiertas de arena blanca junto al mar más azul que se pueda imaginar.

Tomé un barco en Puerto Mutis. El trayecto fue largo debido al oleaje. Conmigo viajaban un grupo de surfistas y un hombre con aspecto de explorador. Nada más atracar, fuimos a un centro oficial en donde es necesario registrarse para poder entrar a la isla sin problemas, ya que todavía hoy sigue siendo una “isla-penal”, una especie de Alcatraz…

El grupo de surfistas se dirigía al sur, en busca de olas, y el explorador y yo nos unimos a ellos ya que en esa dirección se encontraba un islote llamado “Granito de Oro”, con un impresionante arrecife de coral alrededor… Durante la excursión, Roberto –el explorador- se reveló como un gran conocedor de la isla:

- “Se separó del continente hace 15.000 años y mucha de su fauna y flora no existe en ningún otro lugar sobre la tierra. Dicen que entre las plantas aún no identificadas podrían estar las que curen el cáncer o el sida...”.

- “¿Hay quetzales aquí?”, le preguntó uno de los surfistas. “Dicen que es el ave más bella del mundo…”

- “No, no, el quetzal anida en el continente, en los “bosques de niebla” que hay en lo alto de las montañas de Chiriquí; se cubren de niebla al amanecer y al atardecer, y a veces es tan espesa que no puedes caminar sin perderte... Hay un volcán allí, el Volcán Barú, desde cuya cima pueden verse a la vez los dos océanos, el Atlántico y el Pacífico”.

Cuando dije que me encantaría poder ver eso, Roberto me explicó que en la zona no saben todavía lo que es el turismo a gran escala, y que si “íbamos” entre semana “estaríamos” solos. Me quedé de piedra.

- “¿Te estás ofreciendo a acompañarme?”.

- “Te estoy invitando a venir conmigo”.

Y donde hay un deseo hay un camino. Viajamos en tren, hablando sin parar mientras atravesábamos bosques tropicales inmensos y veíamos a los barcos cruzar el Canal:

- “Es una de las grandes maravillas de la ingeniería mundial, pero el país es más que esto. Tiene mucho que ofrecer a aquel que desee descubrir. Panamá es “el cruce de los caminos del mundo", el punto de encuentro entre dos continentes y dos océanos”.

- “Dicen que en un cruce de caminos Robert Johnson, el bluesman, hizo un pacto con el diablo y le vendió su alma a cambio del don del Blues. Pasó de ser del montón a ser un genio…”.

- “Los filósofos y los genios siempre van a pie. Einstein cruzó a pie los Apeninos para ir a Génova a ver a su tía, y por el camino empezó a pensar en la relatividad…”.

- “Pues ¿sabes que los japoneses han inventado unos zapatos virtuales que te dan la impresión de que caminas aunque estés quieto?”.

- “Lo que sé es que para llegar a un sitio siempre hay que abandonar otro. ¡Caminar sin avanzar no tiene ningún sentido!”. Yo durante años, aunque ya no sabía por qué corría, seguía corriendo sin saber hacia dónde… Nunca supe en qué punto mi vida se torció, en dónde perdí el rumbo y la ilusión… y los sueños… Ahora, como no tengo metas, tampoco tengo prisa por cruzarlas”.

-“¿Estás de vacaciones?”.

- “Qué va. Lo he dejado. Me dijeron que estaba loco. A mi edad, con un nombre hecho y un despacho de prestigio, me iba por el mundo a que me picasen los mosquitos… Casi siempre que alguien cree haber encontrado su camino, alrededor todos aseguran que se está “perdiendo”… Como en un bosque de niebla…Pero la riqueza no está en lo que hay en la cartera, sino en lo que hay en el corazón. Te lo puedo asegurar porque mi cartera ha estado muy llena. Antes era sólo abogado, ahora soy todo lo que me encuentro en el camino”.

Después del tren tomamos un autobús. Una carretera nos llevó a través de la cordillera a Boquete, “la ciudad de la eterna primavera”, situada a un costado del volcán. Había manadas de caballos cabalgando por el valle, pueblos con aires al viejo oeste… Roberto me contó que la región fue ocupada en el s. XIX por europeos y norteamericanos que se dirigían a California durante la fiebre del oro, pero que se quedaron prendados de la belleza y la fertilidad de aquella tierra. Vivían, como hoy, del cultivo de flores, frutas y café. ¡El mejor café de toda la República! Lo cultivan los indígenas Guaymíes, famosos por sus “Nahua”, los llamativos vestidos de colores de sus mujeres…

A la mañana siguiente de nuestra llegada, desde la cima del Volcán Barú, pude contemplar el amanecer sobre el Pacífico y el Atlántico a la vez. Es un paisaje tan irreal, tan fantástico, que parece hecho con un pincel...

- “¿Te suena Friedrich, un pintor romántico?”. Me preguntó Roberto, sin dejar de mirar al horizonte.

- “No…”.

- “Hay un lienzo suyo que se llama “Caminante ante un mar de niebla”. En primer plano, en una cumbre, se ve a un hombre vestido de oscuro. Está de espaldas, contemplando un abismo de nubes entre montañas infinitas… llenas de caminos invisibles. Refleja el drama de la existencia humana, que nos convierte a todos en caminantes, lo queramos o no. La verdadera tragedia del cuadro de Friedrich es que no hay caminos trazados… su obra es una llamada desesperada para que reivindiquemos nuestra naturaleza de libres caminantes…”.

- “Espero volver a verte algún día Roberto”.

- "Y si no nos vemos, que sea sólo porque hay niebla”.

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