
Trillo
Cuando nació José buscamos una casa de campo más grande en la que vivir. No hay nada mejor para un niño que jugar con lagartijas, criar gusanos en cajas de zapatos, construir una casa en un árbol y descubrir qué es la amistad en un sitio en el que el aire aún carece de color. Después de mucho buscar, un día soleado de mayo ella me encontró a mi mientras hacía una de mis excursiones-descubrimiento, esta vez en Valdenarros, un precioso pueblo de Soria. Estaba abandonada, apenas se veía por entre los matorrales y montones de hierbas habían crecido libremente hasta hacerse con el lugar. También había flores y cuando me acerqué a fotografiar una de ellas ví el precioso porche que rodeaba la casa, columnas de madera, vigas en el techo; eso lo había visto en algún sueño…
La tarea de devolver a la que ya sentíamos nuestro hogar un aspecto digno, fue ardua y edificante, seis meses trabajando sin parar mano a mano con los obreros; en honor a la verdad que es siempre la mejor opción, diré que aunque yo no puse ningún ladrillo no me perdí detalle alguno del proceso. Ahora que José tiene siete años hemos decidido cambiar la decoración de nuestro hogar, educamos a nuestro hijo en el principio de que un hogar sólo es un hogar si todos nos sentimos bien en él, y por eso me acompaña a todas las tiendas, rastros, mercadillos… en los que busco y a veces encuentro las nuevas piezas de la casa. -
Mamá qué es eso?Acabábamos de entrar en una tienda de antigüedades y José se había quedado petrificado frente a un trillo que había pasado de ser un apero a ser una enorme e impresionante mesa de centro.
El dueño de la tienda al oír la pregunta se acercó a nosotros, era un señor de unos 80 años, pelo cano y sonrisa afable, ojos que delataban la niebla que el tiempo deja en ellos y que olía como mi abuelo, a una mezcla de jabón, café y tostadas. -
Es un trillo, le dijo el dueño de la tienda a José.
- Y qué es un trillo? - Pues es un apero que se utilizaba para trillar.
Y José, que como el Principito no renuncia nunca a conocer la respuesta a una pregunta. Insistió: Pero, qué es un trillo y qué es trillar? - Perdona, tienes razón, qué clase de respuesta te he dado… Los trillos se usaban en la época de tus abuelos, y desde mucho antes, para separar el trigo de la paja, que es lo que se llama trillar. Como ves está hecho por varios listones de madera de forma rectangular.
Ven acércate, se le hace más curva y estrecha la parte de adelante como un trineo de los que se usan para caer por las laderas cuando hay nieve. Y ves estas piedrecitas afiladas y finas que llenan toda la superficie del trillo? Pues son “las cuchillas” que separan el trigo.
- Entonces se arrastraba esto por el campo y se sacaba el trigo cultivado?
- Así es, lo arrastraban dos mulas o dos bueyes. Sabes lo que son?
- Sí por supuesto, oí decir a José con el tono de voz que utiliza cuando quiere dejar claro que ya no es un niño.
-Por supuesto que lo sabes, ya eres mayor, dijo el hombre sonriendo.
Mientras aquel curioso hombre hablaba, yo me trasladé a una época que queda hoy algo lejana, cuando era yo quien tenía 7 años.
- Almudena, ¿qué haces ahí arriba?
-Volar abuelo. Es mi alfombra mágica. Soy una princesa a la que ha rescatado un príncipe para devolverla a su reino en las estrellas.
-Tú siempre en tu mundo, no hay quién te baje de ahí replicó mi abuelo mientras salía del establo, que ya desde entonces comprendía que yo no podía ser como los demás,
Ese año como todos desde que nací, pasaba el verano con mis abuelos paternos. Eran dos meses de fragor agrícola, ganadero, de comer bien y levantarme al alba cuando Osco anunciaba el despertar del día con suma puntualidad. Cada día al despertarnos desayunábamos en la cocina los tres juntos, mi abuela Trini, mi abuelo Silverio y yo, mis abuelos eran personas de campo, algo secos pero de gran corazón. Cierro los ojos y aún puedo verme subida a uno de los trillos que mi abuelo fabricaba, como tantos otros en su pueblo.
- Mamá quiero que nos llevemos esta mesa, te has dado cuenta de que parece una alfombra mágica?
La voz emocionada de José me devolvió a la realidad: Claro que sí, a mi también me lo parece. Será genial tenerla en casa.
Mientras el hombre de la tienda me hacía el recibo y José le dictaba nuestra dirección para hacer la entrega, yo echaba de menos a mi abuelo. Tantas horas a su lado viéndole trabajar y escuchando sus historias, conociendo su vida, admirando su espíritu. Él me enseñó la importancia de amar la tierra, la belleza que existe en los árboles y en las piedras. Siempre hablaba de cómo la vida en el campo le había convertido en el hombre que era, de cómo la tierra le había legado la sabiduría de siglos de existencia; paciencia, entrega, dulzura, sencillez, humildad, respeto… “la tierra, decía, mancha tus manos y limpia tu alma, y eso no debes olvidarlo nunca Almudena”.
- Aquí tiene su recibo, en un par de días lo tendrá en casa.
- Muchas gracias por todo, le contesté. Me subí en el coche y tomé la dirección de la casa de mis padres. Quiero que José, como yo, crezca compartiendo momentos y experiencias con sus abuelos. Nuestros mayores son nuestro pasado pero también una increíble fuente de sabiduría con la enfrentarnos al futuro. Hay cosas que por mucho tiempo que pase siempre quedarán, tradiciones que continuar, costumbres que aprender, experiencias que compartir, momentos que sólo a través de los ojos cariñosos de un abuelo pueden calar en un niño… y aquella tarde con José en la que un trillo me devolvió a mi infancia valoré de nuevo todo aquello. Yo soy la suma de los instantes que forman mi vida y sin duda en aquellos veranos con mis abuelos ocurrieron algunas de las cosas más bellas que abrazan mi memoria.