
Para que pudiera preparar la nueva línea oriental, inspirada en la pintura japonesa con tinta negra, el sumi-e, me enviaron a un taller de iniciación que impartía un afamado maestro al otro lado de la ciudad.
El aula estaba a rebosar. Desde el estrado, el maestro Nakamura, un hombre risueño y de voz dulce, pedía excusas por no hablar perfectamente nuestro idioma a pesar de llevar 30 años viviendo en nuestro país…
- “Comenzaremos por los cuatro objetos imprescindibles para pintar, nuestros cuatro tesoros: sumi (la tinta), suzuri (la piedra), fude (el pincel) y kami (el papel)…”. Empezó bien, pero a la media hora aquello tenía toda la pinta de acabar siendo un tostón. “…Una mezcla de hollín de madera de pino quemada, combinado con pegamento y alcanfor que se moldea hasta…”. Soporífero. Un auténtico castigo. “…por la combustión de sustancias orgánicas. Es resistente a la luz, a los ácidos y a los agentes atmosféricos, no es soluble, no altera el papel…”. Y después aún tengo que atravesar media ciudad. En pleno atasco. “…Sometido a fuerte calor, se queman las partículas extrañas, perdiendo cierto tono marrón, el olor característico y los aceites que suelen…”. ¡El tío iba a acabar remontándose al Paleolítico y las pinturas rupestres de un momento a otro…!
La segunda clase fue igual de insufrible. Y la tercera... Al cuarto día, la chica que se sentaba delante de mí levantó de repente la mano:
- “Perdone Sr. Nakamura… es muy interesante lo que nos está contando pero… esto… bueno… el programa del curso hablaba de clases prácticas… y en todos estos días no hemos hecho más que tomar apuntes sobre temas que, discúlpeme, vienen en cualquier libro... Este taller dura sólo 7 días… y nos gustaría mucho aprender a manejar el pincel, aunque sólo sea lo más básico… Al ritmo que vamos, acabará el curso sin que ni siquiera nos hayamos manchado los dedos de tinta…”
Hubo un murmullo de aprobación generalizado, pero el Sr. Nakamura ni se inmutó. Continuó en el mismo tono, como si nada. Le cogí una manía enorme.
A la quinta clase ya sólo asistieron los del club de fans de Nakamura (como siempre estaban en la primera fila, nunca los había visto…) y yo, que no tenía más remedio que ir.
- “Me alegro mucho de verles aquí”, dijo nada más entrar el profesor. Seguro que ahora que el aire está menos cargado nos entenderemos mucho mejor”. Me miró directamente y sonrió. Sentí la vergüenza de la infamia encenderme las mejillas. “…Un arte de más de 3.000 años no puede descubrirse con prisa. Eso supongo que ya se lo imaginan. Para llegar a pintar razonablemente bien es preciso, primero, saber escribir muy bien… y escribir bien es una combinación de habilidad y de imaginación, es casi una filosofía. La preparación de la tinta, la disposición de los objetos sobre la mesa, la forma de sentarnos… forman parte de una liturgia que ayuda a nuestra mente a abandonar los problemas y las preocupaciones diarias, y disfrutar de un poco de serenidad… en este mundo vertiginoso”.
A partir de aquel día, todo fue diferente. El Sr. Nakamura parecía otra persona: locuaz, divertido… Sin darme apenas cuenta dejé de echar en falta la “práctica”… Y así llegó la última clase:
- “Hoy escribirán su primera palabra. Es una muy bella. Primero les haré una demostración”. El Sr. Nakamura tomó una barrita de tinta y comenzó a frotarla sobre una piedra plana, mezclándola con agua... “Ciertas barras se guardan celosamente durante años, pues la tinta adquiere con el tiempo tonos imposibles de imitar...”, nos explicó. Frotaba haciendo círculos, siempre en la misma dirección, diluyendo la tinta. Después cogió un pincel, empastado en caña de bambú, y –sosteniéndolo en el aire, sin apoyar la muñeca en el papel- comenzó a pintar. Ágil y veloz, como un pájaro, su mano se deslizó en el aire, en una coreografía inimitable, de apenas cinco segundos. “La belleza de la línea reside en no acusar la menor vacilación…” Y dejando el pincel a un lado, continuó: “Todo aprendiz de sumi-e debe tener una idea clara en la mente, pero no de lo que va a pintar, sino de su esencia. Mientras no la tenga, no conseguirá nada. Constantemente caemos en la errónea pretensión, tan occidental, de tratar de comprenderlo todo a través de la razón. Pero la razón es inútil para comprender el sumi-e. Busquen el placer sin miedo al ridículo, o a hacerlo mal. Todo cuanto he intentado enseñarles les facilitará el camino… sin embargo, no será suficiente. Deben aprender a meditar. Esa sana actitud irá poco a poco extendiéndose a su vida cotidiana… y entenderán que la belleza no está en la forma, sino en el significado".
Antes de voltear el papel de arroz, y enseñarnos su obra, nos miró sonriendo y dijo: “Cada sumi-e es una imagen única e irrepetible, nunca será un producto editado en serie para su venta masiva… Por eso no puede enseñarse ni aprenderse su técnica en una clase abarrotada de hijos del “express-fast-instantáneo”.
La palabra que había dibujado… era “paciencia”.