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inspiración de las líneas de esta colección


Nokue

nokue

“Alguien debería ir hasta allí…”, con estas palabras mi jefe daba por concluida la reunión sobre el nuevo modelo de suela de bambú y me enviaba al lago Nokué, uno de los parajes más impresionantes del África Occidental, en la República de Benín… un diminuto país entre Nigeria y Togo. En medio del lago hay un poblado, llamado Ganvié, en el que las cabañas, construidas íntegramente en bambú, se levantan sobre el agua sujetas por largas estacas de madera afirmadas en el fondo. Mi misión era estudiar las técnicas que los Tofuni, sus habitantes, empleaban para lograr esa resistencia y durabilidad en la preciada planta.

…Pero para entender realmente mi historia debo remontarme a mucho tiempo atrás. Cuando mi tío -marinero de profesión- me regaló un amuleto a la vuelta de uno de sus viajes. Mi madre, acostumbrada a sus extravagancias, le dijo que me quitase aquel pingajo del cuello enseguida… pero, al parecer, mi tío se puso tan terco que ella acabó cediendo y el colgante se quedó conmigo. Desde entonces siempre ha estado cerca de mí. Recuerdo que durante muchos, muchísimos años, toda mi infancia, cada vez que mi tío venía a casa yo le perseguía sin descanso para que me contase una y otra vez el relato de cómo lo había conseguido. Él me hablaba de un puerto lejano, en África, dominado por una tribu guerrera, y de cómo una hermosa princesa se lo había dado a cambio de un encendedor. “Si lo llevas siempre contigo, hará que consigas todo lo que quieras…”, me decía. Una Navidad, cuando yo ya había crecido suficiente como para dejar de preguntarle aquellas cosas, me dijo que quería contarme la “verdadera historia” de mi amuleto… y así lo hizo, pero yo –curiosamente- no me la creí. Pensé que me tomaba el pelo.

Estaba amaneciendo cuando ví la aldea por primera vez… y pensé que no podía haber un sitio más bonito en el mundo entero. Me alojé en una de las dos únicas pensiones del poblado. Madam M., la dueña (una anciana encantadora y presumida, viuda de un militar portugués, capaz de hablar, gesticular, fumar y comer a la vez) me explicó que Ganvié significa "libertad en las aguas” y hace referencia al origen de las cabañas; a principios del siglo XVIII, las tribus Fon del reino de Abomey, en el Golfo de Guinea, aquejadas por el hambre descubrieron que podían hacer negocio sometiendo a otros pueblos y vendiéndolos como esclavos a las potencias marítimas europeas. Los Tofuni, que eran una etnia pacífica, huyeron de ellos durante años… hasta que un día, guiados por el gran jefe Agbogboe –que recordó que las creencias de sus perseguidores les prohibían entrar en el agua-, se internaron en el lago Nokué y se salvaron. Gracias a su admirable ingenio, los Tofuni lograron salvarse y aprendieron a vivir sin pisar jamás la tierra. Su vida transcurre desde entonces sobre piraguas de madera; en ellas trabajan, se desplazan, se reúnen, comercian... de hecho para que sus niños puedan aprender a caminar tienen que construir diminutas islas entre las casas.

Al principio me costó mucho acostumbrarme… la sensación de no pisar algo firme en todo el día me provocaba tensión y una inseguridad terrible. “La tranquilidad no tiene que ver con dónde pisas, sino en cómo lo haces”. Me dijo un pescador un día. “El agua es mucho menos peligrosa que la tierra. Aquí sólo necesitas saber nadar para sobrevivir…”. Daba qué pensar, la verdad. Poco a poco fui conociendo la aldea y a sus gentes… pero pasaban los días y, a pesar de que les interrogaba constantemente sobre el bambú, no obtenía apenas datos. Les preguntaba dónde lo recolectaban, qué hacían para que soportara tan bien la humedad… y ellos me contestaban lo que les daba la gana. Cada uno una cosa distinta… y sin mucha credibilidad; hasta que un día un hombre mayor me respondió que aquello era cosa del vudú y que yo no podía entenderlo, así que mejor si dejaba de andar por ahí haciendo siempre las mismas preguntas. A miles de kilómetros de distancia, Mademoiselle Chambe se salía con la suya: los larguísimos veranos soportando sus tediosas clases de francés por fin me parecieron realmente útiles: había entendido palabra por palabra...

Para los Tofuni todo tiene alma: los hombres, los animales, los vegetales… incluso los objetos inanimados. Todo. La religión mayoritaria es el animismo y, sobre todo, su rama más famosa: el vudú africano… que, al contrario que el practicado en el Caribe, no busca el mal de las personas sino un beneficio propio y siempre por una causa noble. Así que le pedí que me llevara a un presenciar un rito… y como me dijo que no… no se me ocurrió nada mejor que decirle que en la agencia de viajes me habían propuesto visitar uno por muy poco dinero, que tal vez pagando podríamos… ¡ahhh!.. ¡gran error! Me miró directamente a los ojos… y me dijo que “eso” no era vudú.

Comprendí que tenía que ganarme la confianza de la gente o no iba a conseguir nada… y decidí hacerlo de la única manera que ellos respetan: trabajando. Durante cinco días me dediqué a ayudar a los hombres a pescar, a acompañar a las mujeres al mercado, a echar una mano en la escuela, a jugar con los niños… Aprendí a pescar al estilo “laberinto”, a amasar pan, a escribir mi nombre en dialecto… y a comprender que la fuerza de la tierra es el agua, por eso la sangre está hecha también de ella. Una tarde, me llevaron a “celebrar un nacimiento”. Mientras la piragua se acercaba a la cabaña a la que nos dirigíamos comencé a escuchar unos gritos… inconfundibles: ¡era un parto! ¡íbamos a un parto! Había diez o doce personas allí, la humedad y la temperatura eran sofocantes… Me senté sobre una pequeña estera que había al fondo y me dispuse a observarlo todo, consciente de que aquella sería –probablemente- la primera y la última vez en mi vida que vería algo así. Y entonces sucedió: en medio de aquel lago, delante de mis ojos, vino al mundo una niña preciosa: “el ave que nunca puede cazarse”, como iban a llamarla, siguiendo la costumbre de dar a los recién nacidos un nombre cuyo significado confían les sirva de ayuda en su vida futura…

Imitando a los demás, me acerqué a la madre, que estaba exhausta, y le dije: “Has sido muy valiente; que tu hija crezca sana y fuerte, y veas a tus nietos convertidos en pescadores que nunca tengan que abandonar este pueblo…”. Se hizo un silencio. Cada uno había ofrecido a la pequeña algo que llevaba puesto: una pulsera, un collar, una pluma… yo, como sólo tenía mi amuleto en los bolsillos, siguiendo un impulso se lo di. La madre, al verlo, me sonrió y me dijo que aquello tenía demasiado valor, que con mi presencia era suficiente, y me dio las gracias por acompañarla en el nacimiento de su primer hijo. Me emocioné tanto que me puse a llorar. Unos lagrimones enormes caían por mis mejillas aunque yo no podía dejar de sonreír… Toda la tensión que llevaba dentro se liberó de pronto… Lloraba de alegría, sentía la vida palpitar a mi alrededor como nunca antes. Era una sensación de felicidad tan intensa que ¡no podía contenerme! Un viejo se puso a darme golpecitos en la espalda diciendo “defoule-toi, defoule-toi…” (“desahógate, desahógate…”), hasta que alguien tuvo la afortunada idea de sacarme de allí para que la madre pudiera descansar... Era Gondonnou, primo de la niña, uno de los jóvenes con los que mejor me había entendido en el pueblo. Me llevó a pasear por los canales y recorrimos lugares increíbles, que yo aún no conocía, hasta que se puso el sol; entonces, nos fuimos al mercado nocturno de “las almas”, del que dicen abre por las noches para que los antepasados puedan comprar…

- “Los ancestros lo son todo para nosotros”. Me explicó mientras remaba. “Gracias al vudú podemos comunicarnos con ellos. Vudú no es un detalle de nuestra cultura, como muchos piensan, ¡sin vudú no somos nada!... Nuestra religión no es un espectáculo; veneramos a nuestros antepasados para que no se enfaden y no nos castiguen… pero eso a la mayoría les da igual: vienen y preguntan por los sacrificios como si fueran una diversión… Yo nunca he ido a una iglesia católica a “disfrutar del espectáculo”, me daría vergüenza”.

- “Me cuesta mucho entender vuestra relación con la magia…”. Le dije.

- “¡Pues tu “gri-gri” es un objeto de magia poderosa!”.

- “¿Tú sabes para qué sirve mi amuleto?”

- “Es ámbar somalí: protege y defiende contra el infortunio a quien lo lleva”.

- Mi tío me lo regaló hace muchos años.

- “El Collar de las Cinco Alegrías -salud, paz, felicidad, larga vida y amor- pertenece a una tribu muy peligrosa… debían respetar mucho a tu tío para regalarle uno”.

- “Fue marinero en su juventud y me contó que había un puerto muy lejano en el que debían cargar provisiones sin descender del barco porque las tribus autóctonas vivían en guerra constante, y muchos de los que se atrevían a pisar su territorio ya nunca regresaban… Un día, después de zarpar, encontró a un niño pequeño en una caja de plátanos y, aunque la costumbre era tirar a los polizones al mar como escarmiento, él se negó a hacerlo, logró que el barco regresara, bajó a tierra y llevó al pequeño con su familia. Cuando vio la miseria en la que vivían se conmovió tanto al comprender de lo que aquel niño había intentado escapar, que les dio todo lo que llevaba encima: algo de dinero, unas gafas de sol y un reloj. No era mucho… pero seguramente suponía muchos meses de sustento para la familia. Me dijo que jamás podría olvidar la mirada de la madre, que se quitó este colgante y se lo puso a mi tío en el cuello diciéndole que con él nadie podría llevárselo de este mundo antes de tiempo”.

Los días pasaban… debía irme ya. Las cosas no habían salido como había planeado y eso supondría un importante retraso en mi trabajo… pero me sentía muy bien. El día de mi partida, Gondonnou trajo una canoa y me explicó que no podía llevarme, la tradición obligaba al que se iba a hacerlo por sus propios medios: debía remar hasta la orilla sin ayuda y sin mirar atrás. Después me entregó un pequeño paquete: “Ábrelo sólo cuando llegues a la playa. Buen viaje”. Mientras me alejaba, sentí una pena enorme y un deseo muy fuerte de volver la vista y ver Ganvié por última vez… pero me contuve. Al llegar abrí el paquete: contenía una especie de fango, grasiento y maloliente… enseguida comprendí de qué se trataba; aquel era el ungüento con el que protegían los Tofuni el bambú en sus hogares. Su gran secreto. Junto a él había una tarjeta que decía:

“El dios del lago, Tohossou, te dice adiós. Este es su presente para “piedra que puede flotar”, para que recuerde que puede regresar cuando quiera y que quien hace preguntas nunca será un tonto”.

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