
Cuando viajas tienes que tener mucho cuidado con dónde comes. Una mala elección te puede aguar la fiesta... no es que yo no lo supiera, pero tenía tanto frío, con la ropa empapada y aquel viento pegado a la espalda, que pensé que no resistiría mucho más bajo la lluvia helada. Así que entré en el primer sitio que vi abierto.
Nada más cruzar la puerta comprendí que lo único que aquel lugar podía tener en común con cualquier otro restaurante del mundo era el rótulo luminoso que decía "Chinese Restaurant".
En el centro histórico de Heidelberg, en el estado alemán de Baden-Württemberg, todo cuanto rodea al visitante está imbuido de un encanto irresistible. Las callejuelas, las fachadas, los tejados... forman una maraña entre gótica y renacentista que te atrapa nada más llegar. Romántica e idílica incluso en pleno invierno, la ciudad encierra inesperadas sorpresas como la que estaba a punto de encontrarme.
En el interior del restaurante sólo había una gran mesa central, preparada para unos 15 ó 20 comensales. Un hombre chino, delgado y sonriente, se ofreció a guardar mi abrigo y me invitó a sentarme. A la mesa había cuatro personas más. No parecían conocerse entre sí, comían en absoluto silencio sin levantar la vista de sus tazones humeantes. Eran todos orientales.
Cuando el camarero regresó, traía en las manos otro tazón igual, que depositó con cuidado sobre la mesa diciéndome que me lo tomara enseguida si no quería enfermar. El frío había congelado mi sentido común así que obedecí sin rechistar. Era una sopa de pescado o algo así. Estaba muy buena. Poco a poco empecé a entrar en calor. Recuperar la sensibilidad de las manos y los pies fue una sensación verdaderamente agradable; me sentía mucho mejor. Tardé un buen rato en terminarla porque estaba muy caliente. Mientras, mis compañeros de mesa habían ido abandonando la sala. Ninguno pagó antes de irse... era todo un poco extraño. En cuanto acabé, el camarero me preguntó si me había gustado.
- "Lleva bulbos de lirio, dátiles, ternera, jengibre... y el ingrediente especial de la casa: nueces de gingko-biloba, para estimular la circulación de la sangre. El gingko es un árbol único en el mundo, un fósil viviente. Es el ser vivo más antiguo del planeta".
- "Sí, lo sé... ¡pero nunca lo había tomado en una comida!".
- "Forma parte de nuestra gastronomía desde hace siglos. La forma en que se cocina ha variado mucho, pero la tradición perdura, ¡igual que la especie! ¿Sabe que hay un ejemplar en Hiroshima que sobrevivió a las bombas nucleares? Incluso en la prehistoria, el gingko sobrevivió a las glaciaciones... En cierto modo, tiene mucho que ver con esta ciudad. Como sabrá, fue destruida por la guerra dos veces y vuelta a construir piedra por piedra".
Era un placer escucharle, pero quería aprovechar el resto del día para visitar el Palacio de Heidelberg, y así se lo dije, antes de pedirle que me trajese la cuenta.
- "No me debe usted nada: le he servido la sopa sin que me la pidiera. Si desea corresponder puede volver mañana, enviar de su parte a otro cliente, o comprarnos un bollo de nuestro delicioso pan al vapor. Cualquiera de las tres opciones será bien recibida".
¡Los caminos del marketing son inescrutables! Opté por el pan. Me vendió el más grande, claro, delicadamente envuelto en papel de seda de color rojo y atado con un cordón dorado del que colgaba una tarjeta. Estaba en chino. Me dijo que para averiguar qué decía tendría que entenderme con algún chino... o volver otro día por allí. Simpático el hombre. Conocía bien a la gente.
Cuando salí del restaurante había parado de llover. Dirigí mis pasos hacia el castillo. Sus ruinas son el símbolo del Romanticismo Alemán. En lo alto de la ciudad, su silueta domina el paisaje del Valle del Neckar. Todavía hoy sus restos evocan un esplendor del que sus bellísimos jardines aún disfrutan. A principios del siglo XVII la pareja real que habitaba entonces el palacio encargó al afamado paisajista Salomon de Caus el jardín más fastuoso que pudiera imaginar. El Hortus Palatinus. Un jardín de aspecto mágico, con flores, frutales, plantas aromáticas, laberintos, parterres, fuentes y grutas decoradas con conchas y coral. Tan asombroso que sus terrazas geométricas llegarían a ser consideradas la octava maravilla del mundo...
Es fácil entender que me fuera de allí con la cabeza en ebullición, haciendo dibujos mentales sin parar. De regreso al centro, me senté a merendar mi pan chino en un parque solitario, junto al río Neckar. Aún estaba tibio. Me quedé un buen rato mirando la tarjeta con el texto en chino, intentando sin éxito adivinar por ciencia infusa su significado. Después crucé el "Puente Antiguo" hasta la otra orilla. La vista era fuera de serie. Aunque continuaba haciendo frío, el sol brillaba entre las nubes, reflejándose sobre la ciudad mojada...
Cuando se hizo de noche regresé al restaurante con la excusa de comprar más pan y la esperanza de desvelar la intriga lingüística... Hubo suerte.
- "¿Qué tal por el castillo? ¿Le han gustado los jardines? Su belleza misteriosa ha atraído a artistas de todas las épocas... y usted tiene aspecto de artista. El mismísimo Goethe recogió allí una vez unas hojas de gingko -como el de su sopa- para enviárselas a su amada junto a un poema titulado Gingo Biloba. ¿Quiere saber por qué hizo eso Goethe? Porque las hojas dobles del gingko (de ahí lo de "biloba"), o el hecho de que en la especie haya árboles hembra y macho son el símbolo de la unidad eterna de los opuestos, representaciones de la dualidad más sagrada: el Yin y el Yang. Tremendo ¿eh? Las casualidades no existen, y menos en la poesía".
- "Tengo curiosidad por saber qué pone en la etiqueta".
- "Pone que el momento elegido por el azar vale siempre más que el momento elegido por nosotros mismos".