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inspiración de las líneas de esta colección


El viajero

el viajero

Aeropuerto de Madrid, España. Terminal 1. Salidas Internacionales.

Me iba a Brasil para preparar la nueva colección. Quería estudiar un tipo de calzado que los indios Kayapó habían ideado para subir a los árboles a recolectar frutos. Si conseguía llegar a un acuerdo y crear una línea desde allí, podría ayudarles en su lucha contra la tala indiscriminada que está acabando con su riqueza… Tenía ante mi varias semanas de expedición en condiciones no demasiado cómodas, pero la perspectiva de lo que esperaba encontrarme me animaba. Mataba el tiempo leyendo la prensa cuando el hombre que estaba sentado a mi izquierda me habló:

- “¿Tiene prisa por irse?”
- “¿Por qué lo dice?”
- “Porque no hay motivo alguno para ello”.

¿Qué clase de loco iba diciendo esas cosas? Me quedé mirándole sin poder articular palabra e instintivamente me eché la mano a la cartera (son interesantes los mecanismos de defensa del hombre moderno, pero eso sólo lo pensé mucho después). Mientras recogía mis cosas, para cambiarme de sitio, continuó hablando:

- “Sé que se va usted muy lejos, en busca de algo que considera valioso. Me permito el atrevimiento de advertirle que su viaje será inútil. Ellos no le necesitan”.

Tuve que volver a sentarme. Podía haber deducido el destino de mi vuelo por cantidad de detalles pero… ¿cómo sabía lo de los Kayapó? La curiosidad no sólo mató al gato: también pudo conmigo. Tenía hora y media por delante. Decidí escuchar.

- “Bien hecho. La humildad es el privilegio de los grandes. Yo sé lo que busca”.
- “Usted no me conoce”.
- “Exactamente lo mismo que yo: ser feliz”.
- “Vaya novedad más grande”.
- “Las personas como usted creen que son buenas porque respetan a las personas, las plantas y los animales… sin entender que son simples obras de la misma naturaleza. Nada más”.

En ese momento, una señora que llevaba un zorro casi vivo al cuello se levantó chasqueando la lengua para dejar claro su desagrado por la conversación. El detalle hizo fluir de inmediato una corriente de simpatía entre aquel hombre y yo. Sonrió y me dijo que para ella la vida era como un fardo a cargar, cada vez más pesado, siempre agrandado por las desgracias vividas. Que ella no sabía que la vida podía ser una caminata gratificante.

- “Le explicaré algo sobre la felicidad: cada persona tiene una capacidad distinta para comprenderla. Mucha gente la define como la posesión de cosas que por sí mismas no pueden dar felicidad duradera”.
- “A veces es muy difícil distinguir lo importante de lo que no lo es”. Le contesté.
- “A usted le preocupa la felicidad y la libertad de los demás. Pero teme a la suya propia. No vale de nada aconsejar a los otros que se esfuercen por eliminar sus problemas si no sabemos controlar los nuestros”.
- “¿Cómo puede estar tan seguro de lo que siento yo?”.
- “Porque sé lo que siente. Todos deseamos que haya paz en el mundo, pero no ocurrirá hasta que no la haya en nuestras mentes. Mire sólo lo que está pasando alrededor, ¿pueden enviarse tropas para detener una guerra? No, es imposible imponer la paz con armas. Sólo descubriendo la paz interior en nuestra mente y ayudando a los demás a hacer lo mismo podremos conseguirla”.
- “Es imposible mantener la cabeza fría hoy en día, el mundo no te da opción”.
- “Hoy no hay más sufrimiento en el mundo que antes, así que la causa de la infelicidad no está en el desarrollo. Si su mente funciona, será feliz a pesar de las condiciones externas”.

Anunciaron su vuelo. Se iba a Japón.

- “Escuche, observe y piense. Como ha hecho aquí conmigo. Sólo hay tres clases de sabiduría para el hombre y surgen de estas tres acciones. No lo olvide nunca, le será de utilidad en sus viajes”.

Y se marchó sin que me atreviera a decirle nada. Tampoco hacía falta. Tuve la certeza de que él ya sabía que yo no iba a coger aquel avión”.

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